domingo, 5 de enero de 2014

UN VALS CORRIDO, UNA PARTIDA DE RAYUELA Y TABACO PICAO PA JUMAR




Mientras sonaban los acordes de un vals corrido, que era interpretado por un grupo de aficionados a la música, en uno de los populosos villorrios serranos; una juventud resignada a las múltiples carencias de la época que les tocaba vivir bailaba desaforada. Ellas buscando a sus príncipes azules y ellos a la futura madre de sus hijos y compañera eterna.
                Como mandaban los cánones de los tiempos las parejas bailaban en sintonía, con una mano agarrada y la otra por encima de la cintura; mientras algunos de ellos dejaban colgar de uno de sus brazos un bastón al que le daban infinidad de usos. Entre otros convertirlo en arma defensiva en las frecuentes reyertas que se daban en este tipo de bailes populares.
                Joaquín observaba tranquilo a los que bailaban mientras apuraba sus último cigarro. El día había sido ajetreado con la pastoría de cabras bajo un sol abrasador; por ello esa noche prefería ver, lo que popularmente se denominaban, los toros desde la barrera.
                Pasada media hora echó mano a su petaca en la que guardaba su tabaco de liar para hacerse un cigarro antes de irse a casa; pero la misma estaba vacía. Rápidamente oteó el horizonte buscando una cara conocida, hasta que por fin sus ojos se clavaron en uno de los jóvenes que jugaban a la rayuela en la plaza del pueblo. Con un silbido estruendoso y un ademán de su cabeza le indicó que viniese.
-Dimi, ¿Qué quieris?
-Mira a ver dagal, acercati encá la tía Jorca y cómprami dos realis de tabaco picao y un librillo de papel de jumar del Rey de Espadas. Toma aquí tienis las perras, y no tardis que me tengu que ir prontu.
                Los adultos como Joaquín tenían por costumbre, cuando necesitaban alguna cosa, aprovechar la buena disposición de los más jóvenes para encargarles algún recado; mientras ellos seguían disfrutando de algunos de los placeres que les permitían sus ratos de asueto.
                Goyín corrió todo lo que pudo, pues tampoco quería que sus amigos acabasen la partida sin estar él presente. En menos de un  minuto se encontraba enfrente de la casa de la tía Jorca y dando un salto penetró en el interior de la misma.
-¡Tía Jorca! ¡Tía Jorca! –gritó varias veces entre los muros de la humilde vivienda de una mujer astuta, de pequeña estatura, que comerciaba con todo aquello que caía en sus manos.  
-¿Quiené? –preguntó la mujer mientras hacía acto de presencia desde la más profunda oscuridad de una habitación que tenía en los bajos de la casa.
-Soy Goyín, tía Jorca. Esqui traigu un mandau del Joaquín, el trevejano; paqui me venda dos realis de tabaco picao y un librillo de Rey de Espadas.
-Pos llegas en güen momentu, acabu de terminar de llenar el sacu con el tabaco que me ha traio el Aguaor y  antiel me traju el Emiliano los librillos de Portugal; pero no se lo cuentis por ahí a naidi, no vaya a ser que me enchirolin, que tó estu es de contrabandu. ¿Y Tú no Jumas? ¿Ya tienis edad pa jumar, no?
-¿Y las perras, ondi están? A ver si es qui lo dais gratis –le contestó rápidamente Goyín, sin pararse a darle más explicaciones a una vieja interesada en hacer un nuevo cliente; y cogiendo lo que le había encargado Joaquín emprendió rápidamente de nuevo una carrera para finalizar el mandao y poder así incorporarse de nuevo al juego con sus amigos.
-Toma aquí tienis –y sin pensárselo se dio media vuelta con la intención de irse sin pedir nada a cambio.
-¡Aguarda! Ten un pocu de tabacu paqui lo jumis con los tus amigus –Y abriendo el paquete le echó un puñado de tabaco en la mano. ¿Quieris un papelillu pa liarlu?
-¡Quehacer! Pos claru que si no me toca liarlu con las hojas de las mazarocas o alguna candelita de los nogales, y ya sabis que con esa yerba se te poni un mareu que pareci que unu se ha bebiu una arroba de vinu.
                Goyín cogió las dos cosas y salió corriendo al medio de plaza para finalizar la partida de rayuela con sus amigos. Al poco rato se fueron, él y sus amigos, detrás de la iglesia y se liaron un par de cigarros con la propina que Joaquín le había dado; fue el final de una noche iniciática de un tórrido verano del año 1940.





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