sábado, 23 de mayo de 2026

ANÉCDOTAS DE UN CONTRABANDISTA ACEBANO

Hace ya unos cuantos años inicié una serie de publicaciones en el ya extinto periódico Crónica de Sierra de Gata sobre las historias del contrabando y de los contrabandistas de Sierra de Gata. Aquellos artículos fueron sólo una pequeña muestra de las historias que sobre este comercio transfronterizo pude recoger y recordar. Evidentemente el tema da para muchísimos más artículos, novelas, documentales y cuanto se quiera realizar.

En este puente de San Isidro madrileño pude aprovechar la ocasión para tomarme unos días de relax y  acercarme a Acebo para atender los pequeños asuntos agrícolas que he comenzado a tener allí, gracias a mi interés por el mundo de los cultivos de los árboles frutales. 

Después de las intensas jornadas de campo, en las que he intentado poner en práctica los conocimientos que he ido adquiriendo de manera autodidacta sobre el mundo de los árboles frutales, solía acercarme a sociabilizar y a compartir dudas y conocimientos con los parroquianos que a esas horas de la tarde-noche se concentraban en uno de los bares de la localidad, que además hace las funciones de centro social.

Como de costumbre hablas con unos y con otros de los más diversos temas, algunas veces asuntos intrascendentes y en numerosas ocasiones interesándose por familiares y amigos que saben que frecuentas. 

En una de esas tardes de una primavera que avanza deshidratada al tórrido estío coincidí en una esquina de la barra del bar con un vecino de Acebo: enigmático, enjuto, de mirada analítica y de andares pausados, cuyo tono de voz jamás se eleva por encima de los que le rodean.

Por casualidades de la vida la conversación inicial derivó hacia su etapa de contrabandista, una novedad para mí, nunca lo había relacionado con ese mundo en el que mi abuelo paterno y algunos otros de mis familiares se movieron con soltura en épocas de absoluta carestía. Me interesé por el asunto, indagué y le lanzé un arsenal de preguntas. Poco a poco se fue sincerando, en ello influyó en que nos conocemos hace tiempo y que tenemos cierta amistad. Me cuenta que se dedicó al contrabando cuando estaba recién casado, con veintipocos años, con un hijo recién nacido. Fue allá por la década de los setenta del siglo XX, muy alejada ya de la época en la que ejercían mis familiares, en los duros años cuarenta del siglo pasado. Aún así coincidió con los macuteiros mañegos y lagarteirus; aunque él tenía una ruta más cercana a Acebo. El producto con el que comerciaba era el preciado café portugués que adquiría en Aldea do Bispo. Una vez cargados a sus espaldas los veinticinco kilos de café portugués en una mochila improvisada este hombre, de apenas cincuenta kilos de peso, iniciaba un trayecto desde Aldea do Bispo, por Navasfrías en el que descendía durante la noche por medio de la Cervigona; sorteando veredas y accidentes geográficos que sólo él conocía, hasta llegar a su domicilio en el que le esperaba su mujer con un buen tazón de leche con café caliente. La mercancía la colocaba inmediatamente entre los vecinos de la población gracias a un comerciante local. Así una y otra vez; arriesgando su integridad física y su seguridad para llevar algo a su casa con lo que ir tirando y poder sacar a la familia adelante.



El riesgo, como bien me relató frente a un vaso en el que apuraba los restos de una cerveza caldeada por el paso del tiempo, siempre estaba presente y el juego del gato y el ratón era su pan nuestro de cada día. En cierta ocasión supo que la guardia civil estaba detrás de él y de su actividad ilícita; y a sabiendas de que le esperaban una de las noches en las que regresaba con su mercancía decidió cambiar de trayecto escabulléndose de los agentes de la guardia civil que le estuvieron esperando toda la noche para llevarlo al cuartelillo que tenían en la población. Los guardias decepcionados por no haber conseguido apresarle le llamaron al cuartel al día siguiente. Uno de ellos le recriminó que no se hubiese dejado capturar y que les hubiese conseguido engañar a lo que él le contestó: "No se espera al conejo a la puerta de su casa". Acto seguido el guardia en alarde de prepotencia le propinó un fuerte tortazo en la cara.

No cuenta esta anécdota con indignación, ni rencor, incluso se lo toma a guasa. Como él dice el trabajo de ellos era cogerle y el suyo evitarlo y llegar sano y salvo con la mercancía. 

Nos despedimos con un fuerte abrazo hasta la siguiente ocasión y como final de la historia se atreve a apostillar "Antes huía de ellos, ahora tengo dos en casa".