viernes, 24 de julio de 2026

EL EMPECINADO Y EL CURA MERINO, una lucha a muerte entre Moraleja y Trevejo


El Empecinado y sus soldados frente al rollo de Moraleja


El 25 de mayo de 1823 tras la procesión del Corpus Christi un grupo de realistas desarmaron a la milicia de Coria y retiraron la placa constitucional, proclamando a Fernando VII como único rey de España. El levantamiento en la ciudad estaba promovido por el Cabildo Catedralicio y en cuanto la noticia llegó a Ciudad Rodrigo desde allí le ordenaron al Empecinado que se dirigiese a la población extremeña por miedo a que el ejemplo cundiese y la sublevación se extendiese a Plasencia y a toda Sierra de Gata.
El Empecinado al frente de un nutrido grupo de hombres armados, entre los que se encontraban algunos lanceros de Don Julián, llegaron a Coria después de una larga marcha por caminos tortuosos que ya otros ejércitos y cuadrillas guerrilleras habían transitado. Cuando se acercaron a las históricas murallas de la localidad se encontraron con una férrea defensa entre cuyos muros se habían atrincherado un grueso grupo de milicianos que les hicieron frente de manera temeraria. 
Los del Empecinado con su jefe a la cabeza tomaron el convento de San Francisco desde donde asediaron la localidad hasta que consiguieron su rendición. Una vez derrotados los sublevados, el héroe guerrillero de la Guerra de la Independencia ordenó la detención del Deán y de tres de los canónigos de la catedral que fueron considerados los promotores de esta sublevación, imponiéndoles una contribución de 5000 reales que de no ser abonada inmediatamente serían fusilados.
El Cura Merino al enterarse de la situación que se vivía en Coria decidió personarse en la localidad al frente de una milicia armada. 


El Cura Merino al frente de sus milicianos
a los pies del Castillo y el Rollo de Coria 

El Empecinado al saber de la llegada de su antiguo compañero de armas y ante la inferioridad numérica decidió emprender la marcha hacia Ciudad Rodrigo, no sin antes apoderarse de la plata de la Catedral de Coria. La marcha se inició a media tarde del 8 de junio con destino Moraleja. 
Extenuados por el cansancio y la lucha decidieron hacer noche en esta otra localidad extremeña. El Empecinado se alojó en una de las mejores casas de la localidad propiedad de un acomodado agricultor local. Una vez allí decidió que en el momento en el que hubiesen descansado un poco partirían hacia Hoyos, pero prácticamente no habían comenzado a relajarse cuando hicieron acto de presencia algunos de los milicianos del Cura Merino. El Empecinado y sus hombres a mandobles, espadazos y lanzadas consiguieron montar a la grupa de sus caballos y emprender una huida a la desesperada con dirección a Hoyos; perseguidos muy de cerca por los rebeldes. En esa pequeña localidad consiguieron rechazar al grupo de los hombres de Merino y consiguieron tomar el camino hacia Trevejo donde se atrincheraron entre las murallas del derruido castillo.



Plano del castillo de Trevejo

El Cura Merino dio orden a su avanzada de volver a Moraleja y El Empecinado consiguió reunir a los restos de su grupo no sin antes enterarse de que el Cura Merino había asesinado a su hermano Dámaso y a 30 hombres más de su grupo, entre los muertos también se encontraba su tío el Teniente Coronel Pablos Hermógenes Guijarro. 
Los rescoldos de la Guerra de la Independencia dieron origen a un sin fin de guerras civiles en las que los antiguos compañeros de armas que lucharon codo con codo contra los franceses se despellejaron los unos a los otros en nombre de unos ideales y de unos reyes muy alejados de los valores que germinaron en un Cádiz asediado por la ignominia napoleónica.



 

sábado, 23 de mayo de 2026

ANÉCDOTAS DE UN CONTRABANDISTA ACEBANO

Hace ya unos cuantos años inicié una serie de publicaciones en el ya extinto periódico Crónica de Sierra de Gata sobre las historias del contrabando y de los contrabandistas de Sierra de Gata. Aquellos artículos fueron sólo una pequeña muestra de las historias que sobre este comercio transfronterizo pude recoger y recordar. Evidentemente el tema da para muchísimos más artículos, novelas, documentales y cuanto se quiera realizar.

En este puente de San Isidro madrileño pude aprovechar la ocasión para tomarme unos días de relax y  acercarme a Acebo para atender los pequeños asuntos agrícolas que he comenzado a tener allí, gracias a mi interés por el mundo de los cultivos de los árboles frutales. 

Después de las intensas jornadas de campo, en las que he intentado poner en práctica los conocimientos que he ido adquiriendo de manera autodidacta sobre el mundo de los árboles frutales, solía acercarme a sociabilizar y a compartir dudas y conocimientos con los parroquianos que a esas horas de la tarde-noche se concentraban en uno de los bares de la localidad, que además hace las funciones de centro social.

Como de costumbre hablas con unos y con otros de los más diversos temas, algunas veces de asuntos intrascendentes y en numerosas ocasiones interesándose por familiares y amigos que saben que frecuentas. 

En una de esas tardes de una primavera que avanza deshidratada al tórrido estío coincidí en una esquina de la barra del bar con un vecino de Acebo: enigmático, enjuto, de mirada analítica y de andares pausados, cuyo tono de voz jamás se eleva por encima de los que le rodean.

Por casualidades de la vida la conversación inicial derivó hacia su etapa de contrabandista, una novedad para mí, nunca lo había relacionado con ese mundo en el que mi abuelo paterno y algunos otros de mis familiares se movieron con soltura en épocas de absoluta carestía. Me interesé por el asunto, indagué y le lanzé un arsenal de preguntas. Poco a poco se fue sincerando, en ello influyó en que nos conocemos hace tiempo y que tenemos cierta amistad. Me cuenta que se dedicó al contrabando cuando estaba recién casado, con veintipocos años, con un hijo recién nacido. Fue allá por la década de los setenta del siglo XX, muy alejada ya de la época en la que ejercían mis familiares, en los duros años cuarenta del siglo pasado. Aún así coincidió con los macuteiros mañegos y lagarteirus; aunque él tenía una ruta más cercana a Acebo. El producto con el que comerciaba era el preciado café portugués que adquiría en Aldea do Bispo. Una vez cargados a sus espaldas los veinticinco kilos de café portugués en una mochila improvisada este hombre, de apenas cincuenta kilos de peso, iniciaba un trayecto desde Aldea do Bispo, por Navasfrías en el que descendía durante la noche por medio de la Cervigona; sorteando veredas y accidentes geográficos que sólo él conocía, hasta llegar a su domicilio en el que le esperaba su mujer con un buen tazón de leche con café caliente. La mercancía la colocaba inmediatamente entre los vecinos de la población gracias a un comerciante local. Así una y otra vez; arriesgando su integridad física y su seguridad para llevar algo a su casa con lo que ir tirando y poder sacar a la familia adelante.



El riesgo, como bien me relató frente a un vaso en el que apuraba los restos de una cerveza caldeada por el paso del tiempo, siempre estaba presente y el juego del gato y el ratón era su pan nuestro de cada día. En cierta ocasión supo que la guardia civil estaba detrás de él y de su actividad ilícita; y a sabiendas de que le esperaban una de las noches en las que regresaba con su mercancía decidió cambiar de trayecto escabulléndose de los agentes de la guardia civil que le estuvieron esperando toda la noche para llevarlo al cuartelillo que tenían en la población. Los guardias decepcionados por no haber conseguido apresarle le llamaron al cuartel al día siguiente. Uno de ellos le recriminó que no se hubiese dejado capturar y que les hubiese conseguido engañar a lo que él le contestó: "No se espera al conejo a la puerta de su casa". Acto seguido el guardia en un alarde de prepotencia le propinó un fuerte tortazo en la cara.

No cuenta esta anécdota con indignación, ni rencor, incluso se lo toma a guasa. Como él dice el trabajo de ellos era cogerle y el suyo evitarlo y llegar sano y salvo con la mercancía. 

Nos despedimos con un fuerte abrazo hasta la siguiente ocasión y como final de la historia se atreve a apostillar "Antes huía de ellos, ahora tengo dos en casa".   

lunes, 6 de abril de 2026

LANGOSTINOS AL ESTILO DE FOIOS

Foios es una freguesia cercana a la frontera española, próxima a Navasfrías; no tiene nada que ver con el Foios valenciano. Realmente el paisaje y la arquitectura es similar a la de los pueblos salmantinos de frontera que se dejan atrás, quizás con alguna construcción más en la que se observa cierta influencia gabacha. Sin embargo Foios tiene un secreto con el que pocas poblaciones en estos contornos cuentan, es el el restaurante El Dorado.
El Dorado es un restaurante que desde el exterior no permite sospechar lo que se esconde tras esa fachada de edificio de carretera. En su interior se despliegan dos amplios salones, uno de ellos con una luminosa cristalera que da al exterior. Se encuentra profusamente decorado con el arte tradicional taurino portugués de los forcados y con un ambiente muy acogedor en sus salones.
Nada más llegar nos envuelve ese ambiente rural portugués en el que la sobriedad, el silencio, junto al espíritu de los versos de Pessoa acompañados de nostálgicos fados han forjado el carácter de las gentes de estas tierras de frontera.
Quizás lo típico por estas tierras sea comer un buen plato de carne; de hecho El Dorado cuenta en su carta con una amplia variedad de carnes, entre las que destaca el cabrito; pero en esta ocasión las recomendaciones fueron por otros derroteros y nos dejamos seducir por su especialidad; una bandeja de langostinos con un guiso especial elaborado con chalota, laurel, cerveza y whisky que nos dejó boquiabiertos. Por no hablar de su bacalao a la dorada, cuya elaboración tiene un cierto parecido a la tortilla de patatas española y para finalizar su postre, primo hermano de la serradura portuguesa; todo ello regado con un vinho verde de la casa que potenció los sabores de ese plato especial de langostinos.


Interior restaurante El Dorado


Decoración del restaurante El Dorado


Ensalda casera


Bandeja tradicional de langostinos guisada al estilo Foios


Pan casero tostado con mantequilla para la salsa de los langostinos


Bacalao a la dorada


Postre de la casa similar a la Serradura portuguesa

 

LA CENTENARIA HERRERÍA ACEBANA DE SEGUNDO PELEA

Mucho tiempo llevaba detrás de mi amigo Segundo "Pelea" para que me enseñase y me permitiese fotografiar la herrería de su familia en la calle Valhondo de Acebo. 
Segundo es toda una institución en Acebo y aunque ha pasado buena parte de su vida en Zaragoza jamás ha abandonado su querencia por la localidad que le vio nacer y en la que pasó su juventud, Acebo.
Su familia; padre y hermanos junto a él, trabajaron en la pequeña herrería que su padre poseía en este castizo barrio de Acebo limítrofe o aledaño del de la Torrita.
La Herrería se alza, como muchas otras casas de esta zona, sobre un batolito de granito que ofrece unos sólidos cimientos a todas estas viviendas; aunque en algunas ocasiones les genera algún que otro problema de humedad. El interior de la misma se conserva, según nos relata Segundo, tal y como la tenía su familia hace décadas y aunque hoy en día la usa de pequeño almacén todavía se pueden apreciar los elementos indispensables de esa antigua forja que tanto servicio dio a la sociedad acebana. Rejas de arado, azuelas, bisagras, herraduras de caballo, ejes de carruajes y un largo etc. eran dados forma o reparados en esta forja-herrería que se convirtió en indispensable para la sociedad acebana de su época.
Desde este humilde blog agradecemos a Segundo "Pelea" que nos abriese las puertas de este pequeño rincón con historia de Acebo y que nos relatase cómo era su quehacer diario y el de su familia entorno al fuego del dios Vulcano para domar los rudos elementos del interior de la tierra.
  

Accediendo con Segundo "Pelea" a la herrería


Interior de la Herrería


Aspecto actual de la Herrería 


Aspecto actual del interior de la Herrería


Tejado original de la Herrería




Pequeño taller actual de Segundo






Recordando el pasado


Despedida y cierre hasta una nueva ocasión 


Fachada de la Herrería actualmente 

 

BATEANDO ORO EN EL RÍO ÁRRAGO, Hernán Pérez

Como si de la fiebre del oro del antiguo oeste se tratase, la mañana del primer sábado del mes de abril emprendimos la marcha hasta el cercano río Árrago para experimentar la sensación de los antiguos buscadores de oro del lejano oeste; o quizás como herederos del antiguo pueblo prerromano de los Arraconenses, quienes en tiempos pretéritos ya buscaban el dorado metal en las aguas de este río serragatino. Provistos de unas simples bateas llegamos al cauce del río y he de decir que me dejé llevar por la sabiduría de mis acompañantes, quienes ya eran personas versadas en estas cuestiones auríferas. La mañana comenzó bien, pues en el primer intento aparecieron dos pequeñas, casi milimétricas, pepitas de oro; es el tipo de oro que suele aparecer en el cauce de este río.
Pero a veces el destino te sorprende y recibes una master class sin buscarla. Al poco tiempo de estar allí apareció un individuo de origen búlgaro, según nos confesó, y de nombre Daniel; que tenía por hobby disfrutar de su tiempo libre buscando oro por diferentes zonas de España. En poco rato desplegó todo un arsenal de instrumentos necesario para una buena batea de oro: criba, detector de metales, bateas de diferentes tamaños, pala, pico y unas inmensas cubas de plástico donde realizaba un primer filtrado de la tierra.
Daniel conocía perfectamente la sierra y todos los enclaves donde se podían encontrar pepitas de oro. Y en el transcurso de la conversación nos relató que venía directamente desde Asturias de buscar oro y que iba a pasar el día en la Sierra, para por la tarde marcharse al Tormes para realizar allí una última batea antes de regresar a Madrid.
El día sin duda fue de los más instructiva y aunque Daniel no encontró oro su master class no la olvidaremos nunca. Nosotros al final de todo decidimos devolver las pepitas a su lugar de origen y borrar las pequeñas cicatrices que le habíamos causado al Dios Árrago.
















 

SABUGAL, paraíso natural de la Sierra Malcata y del río Coa

Impresionante y casi desconocida esta población portuguesa para los del otro lado de la Raya. Tan cercana a Sierra de Gata y a su vez tan esquiva. Sabugal es la capital de uno de los mejores parajes naturales de esta zona de la península Ibérica, la reserva natural de Sierra Malcata, que se ve regada por las aguas del bravo río Coa. El acceso a este centenario enclave portugués desde Sierra de Gata se puede realizar brevemente en un cómodo viaje por carreteras secundarias desde la población salmantina de Navasfrías. 
Tan sólo nos dio tiempo a explorar su centro histórico, con su magnífico castillo rodeado de casas centenarias sabiamente restauradas y poder apreciar por fuera los ciclópeos muros de las murallas de su castillo y la antigua judería; pero Sabugal es mucho más, es esa población del interior de Portugal en donde en cada rincón uno se encuentra un retazo de un pasado glorioso; pero además ofrece al visitante la posibilidad de pasar un día sorprendente en sus playas fluviales o en los senderos de esa magnífica reserva natural que es la Sierra Malcata.  





Las murallas de este centenario castillo atesoran mil y una historias de las luchas titánicas de los hombres por el control de estas tierras yermas, pero imprescindibles para controlar buena parte de la península. Esto lo entendieron rápidamente reyes leoneses, castellanos y portugueses; y por supuesto en los últimos tiempos: británicos, portugueses, franceses y españoles; cuyos soldados se alojaron, convivieron y murieron entre sus murallas y almenas en aquella guerra inhumana que fue la llamada Guerra Peninsular por británicos y franceses, o Guerra de la Independencia llamada así por los españoles.






Como sucede con otras muchas fortalezas a lo largo de toda Europa, el castillo de Sabugal tiene su propia leyenda; la de aquella reina que socorría a los necesitados, cosa que tenía prohibido por el rey, y que en una de esas obras de caridad fue interpelada por el rey obligándola a mostrar lo que escondía en su faldiquera. Ella temerosa de mostrar los panes que llevaba escondidos en ésta, pero a la vez temerosa de la reacción violenta del rey, decidió enseñar los panes que justo en ese instante se transformaron en rosas ante los ojos del soberano. 



Otro de los rincones muy recomendables para visitar es el pequeño museo arqueológico que Sabugal tiene muy cerca de la fortaleza militar que tan magníficamente ha sabido conservar hasta nuestros días. Entre las vitrinas de este museo se recogen numerosas piezas de diferentes épocas. Coincidiendo muchas de ellas con ejemplares similares halladas al otro lado de la frontera y que confirman unos lazos comerciales e históricos entre unas sociedades que en numerosas ocasiones mantuvieron vínculos familiares.