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lunes, 2 de noviembre de 2020

DE ILUMINADOS, EREMITAS, SANTOS Y ASCETAS VI

 



Ya estaba casi todo, lo poco que tenían, guardado en las banastas de corteza de castaño que adquirieron el día anterior en San Martín de los Vinos; cuando alguien llamó a la puerta del Convento de Santiago. Fray José de Gallegos, se levantó y sin dudarlo abrió la puerta. Ante él se encontraban el representante de los vecinos del Azebo, junto a un nutrido grupo de vecinos de esa población; que se habían desplazado hasta Cerro Moncalvo, para ayudar a los monjes franciscanos a su traslado, hasta la nueva sede del Convento de Santiago en esa humilde población de Sierra de Gata.

Aunque la noche se les había echado encima, y ese mes de noviembre de 1595 era de los más fríos de los últimos años, la comitiva emprendió la marcha en el preciso instante en el que Fray Nicasio, el monje más veterano del Convento, trancó para siempre la puerta. Entrada que tantas veces había franqueado desde que llegó a ese humilde cenobio.

A la cabeza de la procesión se situaron los monjes, que portando un gran crucero y luminosas antorchas, iban guiando por intrincados senderos al resto de los miembros del acompañamiento.

Cuando se encontraban a mitad de camino, por el cerro de la Atalaya, un intenso vendaval, junto a una espesa niebla se apoderó del grupo; y todos ellos, temiendo que las antorchas se apagasen por los vientos ciclónicos, se apresuraron a proteger las llamas de las mismas para no quedarse a oscuras en medio del monte.

Cada vez les era más difícil avanzar y algunos empezaron a especular con la idea de abandonar la tarea del traslado conventual; pero en ese preciso instante uno de los monjes, Fray José de Gallegos, comenzó a tararear el Bíblico Salmo 50, el popularmente conocido Miserere:

 

Miserere mei, Deus,/secundum magnam misericordiam tuam./Et secundum multitudinem miserationum tuarum,/dele iniquitatem meam./Amplius lava me ab iniquitate mea:/et a peccato meo munda me./Quoniam iniquitatem meam ego cognosco:/et peccatum meum contra me est semper…… 

Inmediatamente todos los asistentes le secundaron y como si de un milagro se tratase las llamas de las antorchas no se vieron afectadas por los vivos vientos serranos.

Así continuaron un largo trecho, hasta que por fin llegaron a la antigua Ermita de San Sebastián, que se encontraba a unos escasos cien metros del casco urbano del Azebo. Ese terreno era el que los vecinos de esa localidad les habían regalado a los monjes franciscanos para que refundasen su nuevo Convento de Santiago.

Entre los asistentes llamó la atención lo acaecido y todos estuvieron convencidos de que habían asistido a un milagro. Decidiendo entre ellos,  desde aquél día, que el Miserere sería su canto procesional obligatorio en sus ritos religiosos.

 

Relato basado en el libro de Fray José de Santa Cruz. Crónica de la Provincia Franciscana de San Miguel, parte I. Y en el cuento Miserere de las Leyendas de Gustavo Adolfo Becquer.

 

Autor: CHUCHI del Azevo

Marzo de 2012

 


DE ILUMINADOS, EREMITAS, SANTOS Y ASCETAS V

 


                En el horizonte, como si de un espejismo se tratase, se veía cada vez más cerca la silueta de dos hombres; que pobremente vestidos se acercaban hacía la cueva que habitaba, ya desde hacía varios años, Juan; el eremita de Descargamaría.

                -¿Qué se les ofrece a Ustedes en un día de tanto calor como el de hoy?-preguntó el ermitaño.

                -Buen día- respondió uno de ellos; mientras el más joven se cobijaba bajo la sombra de un castaño. Venimos de muy lejos, concretamente desde Ciudad Rodrigo; aunque él viene desde más lejos todavía, exactamente desde la ciudad del Apóstol, de visitar las reliquias del Santo. Al internarnos por estas tierras nos hemos quedado maravillados de la belleza de las mismas, parecen el Jardín del Edén.

                -Pues sí, es una tierra excepcional, abundante en agua y rica en frutos; cualquier cosa que uno plante se multiplica por tres -respondió humildemente el eremita.

                Cerca de la cueva observaron los viajeros una pequeña cascada de agua, que convertía los alrededores de la misma en un pequeño vergel. El más anciano de los dos preguntó:

                -¿Cómo se llama esa torrontera de agua?

                -El Chorro del Águila –precisó el ermitaño.

                En ese instante el más  joven, que hasta entonces no había hablado, dijo:

                -Allí al Chorro del Águila arderá siempre un hacha encendida, allí se servirá a Dios siempre.

                Ambos, el eremita y el viajero, Pedro, entendieron el mensaje profético del joven San Francisco de Asís, que así se llamaba el otro caminante. Y en aquel mismo instante en ese lugar se iniciaron las obras, como anteriormente se había hecho en San Martín de Trevejo y en Gata, para construir un nuevo convento, el de Santispíritus de Valdárrago. Con ese ya eran tres monasterios los que el joven San Francisco de Asís llevaba fundados en Sierra de Gata, el de San Miguel en San Martín de Trevejo, El Hoyo en Gata y ahora el de Santispíritus en Descargamaría.

                Posteriormente el Santo dejó a su fiel acompañante Pedro con la hercúlea tarea de poblar ese cenobio. Una vez finalizada la labor encomendada, el fiel seguidor de Asís se trasladó cerca de ese último convento y fundó a orillas del arroyo Meacera, en Torrecilla de los Ángeles, un último monasterio bajo la advocación de Nuestra Señora de los Ángeles, en cuál sería enterrado.   

Relato basado en el libro de Domingo Domené Historia de Sierra de Gata, Pág. 78.

Autor: CHUCHI del Azevo

Mayo de 2012



DE ILUMINADOS , EREMITAS, SANTOS Y ASCETAS (IV)

 



Santiago, el joven sacristán del presbítero de la parroquia del Azebo, corrió todo cuanto pudo hasta llegar a la sacristía de la Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles. Sin pedir permiso, entró de dos zancadas; mientras Dº Remigio, el párroco, se giraba asustado, preguntándole alarmado:

-¿Se puede saber qué pasa para entrar de esta manera en la Casa del Señor?, ¿Es qué alguien ha robado Xálama?

Santiago creía que el corazón se le iba a salir por la boca; hasta que al fin, apoyado sobre la mesa de la Sacristía, pudo empezar a articular alguna palabra, entre jadeo y jadeo.

-¡Dº Remigio……!, ¡Tiene Usted que acompañarme, tiene que ver lo que está sucediendo!

-Vamos tranquilízate, toma un vaso de agua y explícate de una vez, que me estás asustando –Le ordenó Dº Remigio a su pupilo.

Santiago dio dos sorbos al vaso de agua y mientras se secaba el sudor de la frente, le dijo a su Maestro:

-Fray Mateo Iulian está rezando en el aire.

-¿Cómo que está rezando en el aire? –Le espetó Dº Remigio.

-Sí, Pater –Contestó Santiago, sin entender muy bien todo lo que estaba sucediendo.

Dº Remigio tomó la Biblia y ordenó a Santiago que le acompañase. En su cabeza sólo había un pensamiento; desde que los franciscanos habían llegado al Azebo su paz y tranquilidad se habían visto perturbadas. Por no hablar del descenso en sus ingresos por las misas que le encargaban los vecinos del pueblo y de las que hasta entonces tenía el monopolio absoluto.

Cuando se iban acercando a la Cruz del Humilladero observó que la gente se arremolinaba entorno a algo. Mediante empujones se abrió paso entre sus parroquianos; quienes observaban atónitos como Fray Mateo Iulian rezaba, frente a la citada Cruz, suspendido en el aire.

-¡Bendito sea el Señor! –Exclamó el Presbítero, mientras se santiguaba a toda prisa.

Dº Remigio había leído y escuchado muchas veces hablar de la capacidad de levitar que tenían aquéllos considerados como Santos; pero jamás pensó que llegaría a verlo en esta vida terrenal.

Inmediatamente se arrodilló y ordenó a todos los presentes que hiciesen lo mismo que él y que le acompañasen en el rezo del Rosario; ya que sencillamente lo que estaban viendo era la prueba manifiesta de que los milagros existían.

 

 

 Relato basado en el libro de Fray José de Santa Cruz. Crónica de la Provincia Franciscana de San Miguel, parte I. pág. 482.                         

Autor: CHUCHI del Azevo

Abril de 2012

 


DE ILUMINADOS, EREMITAS, SANTOS Y ASCETAS (III)




                Otto era uno de esos gigantones soldados teutónicos que llegaron a estas tierras de la mano del Emperador Carlos I de España y V de Alemania. Rubio, con una piel blanca mortecina y unos enormes ojos grises era el terror de sus enemigos; sobre todo cuando esa mole humana entraba en combate blandiendo su afilada espada.

                Llevaba ya algún tiempo por estas tierras de Coria y de Sierra de Gata cuando un buen día, nadie sabe muy bien el motivo, decidió cambiar de vida y hacerse monje. Es lo que tiene andar por estos lares seráficos, que uno puede sentir la llamada Divina en cualquier momento.

                A parte de hacerse monje franciscano decidió cambiarse el nombre, a partir de ese momento se llamaría Padre Cuneo. Aunque se desvinculó del ejército nunca perdió el contacto con sus antiguos compañeros de batallas y durante mucho tiempo siguió instruyendo a los soldados de su nacionalidad que se encontraban acantonados en Coria.

                Hasta el final de sus días su vida transcurrió de pueblo en pueblo de esta serranía altoextremeña; aunque siempre, al atardecer, procuraba estar de vuelta a su nuevo hogar, el Convento de San Miguel en San Martín de Trevejo.

                Poco a poco su vida se fue agotando hasta que una noche de invierno y después de una vida intensa, ésta llegó a su fin. Sus hermanos conventuales y sus vecinos mañegos decidieron enterrarlo en la iglesia del Convento, más concretamente en el lado de la Epístola.

                Los años transcurrieron y entre aquellos que lo conocieron nunca se olvidó sus penitencias, apostolado, méritos y virtudes. Ya en el año del Señor de 1675 su tumba fue abierta y se encontró su cuerpo incorrupto, siendo trasladados dichos restos en loor de santidad.

 

Relato basado en el libro Jálama y su Comarca del Párroco Dº Samuel Sousa Bustillo

Autor: CHUCHI del Azevo

Mayo de 2012   


 

domingo, 18 de octubre de 2020

HACIENDO TURISMO


Una pareja de jóvenes acebanos decidieron un verano invitar a la madre de uno de ellos a un viaje por tierras gallegas. 

La pareja decidió programar una visita a una típica casa de campo gallega, que había sido previamente restaurada para que sirviese de centro de interpretación de cómo vivían las familias galaicas.

Antes de entrar a la casa-museo los jóvenes se encendieron un porro para disfrutar de una manera especial de la visita. A lo largo del trayecto el grupo de visitantes se reunía una y otra vez entorno al guía que iba explicando los objetos que se encontraban en las distintas estancias. A cada explicación la madre acebana que les acompañaba la remataba siempre con la misma frase:

-Igualitu señor que en el mi puebro.

Todos los visitantes sorprendidos y entre chascarrillos en voz baja comentaban la situación tan anecdótica que esa acebana les estaba haciendo vivir. Mientras tanto la jóven pareja, azorados por la situación y devueltos a la realidad de la evasión de la que hasta entonces disfrutaban a la que les había llevado el colocón del peta que se acababan de fumar, intentaban evitar las intervenciones tan llamativas de esta acebana tan singular. Pero la visita siguió y las intervenciones no pararon. El recorrido finalizaba en la cocina de la casa y cuando el guía exlicaba los objetos que allí se encontraban, se detuvo en uno de ellos.

- Y aquí pueden ver las llares que usaban los propietarios de la vivienda

-¡Tó!, pu eso es como en la canción -Puntualizó la acebana

-¿Perdón señora, cómo dice? -Preguntó el guía.

-Pu sí, que eso es como dici la canción. ¿Ondi están las llavis matarili,rilelon?

Los acompañantes de la visita que habían contenido las risas durante todo el trayecto explotaron en una carcajada conjunta que indujo a la pareja, una vez finalizado el recorrido, a encenderse un peta más grande que el anterior para intentar asimilar la situación tan subrealista que les había hecho vivir su familiar.

Autor: CHUCHI del Azevo

Octubre  2020


*Esta anécdota, totalmente verídica,  me la contó este agosto covid-estival en la terraza del Trébedes la hija de esta acebana universal a la que yo tengo un aprecio especial.

 

 

miércoles, 14 de octubre de 2020

ENSABANAOS

 


Nadie, o casi nadie los ha visto y sin embargo forman parte de la tradición oral de algunas localidades de nuestra comarca.

Según lo que ha llegado hasta nuestros días los Ensabanaos eran personas que en un momento dado habrían realizado alguna promesa de carácter religiosa por algún motivo desconocido.

Oculta la personalidad de estos penitentes bajo una gran sábana blanca, y guiados en la oscuridad de la noche por la luz de un pequeño farol, a la vez que se protegían con un gran bastón o porra, estos personajes anónimos se dedicaban a recorrer algunas calles de los núcleos urbanos evitando encontrarse con sus convecinos, hasta llegar al destino fijado en su penitencia.

            Si en algún momento alguien intentaba identificarles ellos defendían su anonimato con todos los medios a su alcance; por este motivo, y por el secretismo que les envolvía, la mala fama pronto se cebó en ellos.

Por lo general solían aparecer en épocas de grandes celebraciones religiosas o en fechas de gran exacerbación católica.

Esta figura de un gran valor antropológico está muy cercana a todos esos ritos y rituales que se viven durante la Semana Santa por lo que se podría decir que el Ensabanao es un personaje de transición cercano a los Nazarenos de las procesiones religiosas de Semana Santa.   

Su figura también sirvió para atemorizar a mujeres y niños, al igual que se hacía con otros seres de nuestra mitología serragatina.

Se cuenta la anécdota de un tabernero de una población de la comarca que en un momento de descanso, en una noche estival de las fiestas patronales de agosto, fue interrumpido su estancia en el mundo de Morfeo por la aparición en su local de dos Ensabanaos. Debió ser tal el susto que se llevó este trabajador del Dios Baco que estuvo a punto de caerse de la silla en la que dormitaba; una vez recuperado de tan traumática visión desempolvó su escopeta de caza y salió como un poseso por las calles de la localidad para dar caza a uno de esos ejemplares de esa mítica especie serragatina, que a buen seguro sería digno de estar en su sala de trofeos.

 

Autor: CHUCHI del Azevo

Acebo 2009

 


lunes, 12 de octubre de 2020

EL ENCAJE DE BOLILLOS ACEBANO EN LAS HEMEROTECAS

 



Como algo inherente a la naturaleza de los acebanos se encuentra el encaje de bolillos. Artesanía de una finura exquisita y tejida por unas manos de paciencia infinita. Durante siglos los encajes de Acebo sirvieron para adornar los vestidos de las damas de la alta sociedad y de una burguesía incipiente. No en vano la pericia comercial de los acebanos les llevó a venderle este tipo de tejidos a la mismísima Reina de España.

            De estas dotes comerciales de la sociedad acebana, que algunos atribuyen al pasado semita de los habitantes de esta localidad serragatina, se hicieron eco los más prestigiosos periódicos, que circulaban por las tertulias de los cafés de la capital de España. Como fue el caso del amplio monográfico que publicó el diario Nuevo Mundo el trece de marzo de 1915, en el que se hablaba de la gran calidad de los encajes de bolillos de Acebo, y de la labor comercial de las gentes de esta localidad.

            En un extenso poema, de un tal Azabeño, publicado en el diario Tierra Charra el 23 de marzo de 1930 nº 129, se hablaba así de los encajes de bolillos de Acebo y de las acebanas:

 

….Adiós, niñas del Acebo,

Casi todas encajeras,

Que tomáis ricas naranjas

Paseando por güertas

De mi parte le diréis

A la Máxima y la Pepa

Que me manden naranjitas

Naranjitas de las buenas….

 

Empero el diario que más trató sobre los encajes de bolillos fue el diario ABC, que el 30 de mayo de 1940 iniciaba una serie de artículos sobre el encaje de esta población extremeña, que con el tiempo se convertirían en uno de los máximos atractivos de cualquier muestra de artesanía que se celebrase en España: Mercado de Artesanía de Cáceres (artículo del 16/11/1955), Cáceres en Madrid (artículo del 13/06/1956), Cáceres Artesanía Extremeña (artículo del 23/06/1963), Cáceres los trabajos de los Artesanos (artículo del 08/06/1964), Cáceres Exposición de Artesanía Provincial (artículo del 07/12/1969), Acebo Capital de los Encajes de Bolillos (artículo de 04/03/1973), La Lencería  Popular Extremeña, Objeto de una Exposición en Plasencia (artículo del 26/05/1974).

La Revista Temas Españoles dedicó su monográfico de 1956 a un divulgativo reportaje sobre los bordados y encajes españoles, en el citado número el encaje de Acebo tenía un apartado especial.

El diario Hoy y el Periódico de Extremadura también se han preocupado por esta artesanía a lo largo de toda su actividad informativa. Pero quizás el reportaje más interesante, desde el punto de vista histórico-informativo, fue el que escribió Koldo Gorospe en la Revista Ibérica en el año I/nº 5-10/98; en el citado artículo entrevistó, de una manera exhaustiva, a la encajera Carmen Seco Lázaro; la cual describió al periodista todo el proceso de elaboración de las famosas puntillas de encaje; así como los utensilios que se empleaban en la elaboración de las mismas.

Otro de los periódicos que trató la temática del encaje de bolillos de Acebo fue La Crónica de Sierra de Gata que en su nº 2 de 2008, y bajo el título Magia entre los Dedos,  publicó un bello cuento escrito por su Directora.

El punto nacionalista lo puso La Voz de Galicia que el 5 de febrero de 2010 aseguraba, en otro ilustrativo trabajo, como las mujeres de Camariñas habían llevado el encaje de bolillos a la Extremadura del siglo XVI; cuando, según la tradición oral, los canteros gallegos construyeron la iglesia de Acebo.

Como se puede observar el encaje de bolillos de Acebo ha sido fuente periodística de los más diversos medios escritos que han existido en la España contemporánea.

 

Autor: CHUCHI del Azevo

Marzo 2012


¿UNA LEONA EN SIERRA DE GATA?

 


Don Gaspar Revuelta había  llegado al café-casino de Payo hacía un buen rato , se sentó en una mesa cerca de una de las ventanas que daban a la calle; mientras La Julia le traía su habitual café de puchero portugués con la copita de aguardiente y el ejemplar del diario ABC que recibían siempre a esa hora de la mañana. Comenzó  a ojear el periódico, leyendo los titulares de las noticias hasta que por fin se detuvo en la sección de sucesos que era la parte de la prensa que más le gustaba.

                Había finalizado las clases en la escuela hacía un buen rato. El día había sido un poco estresante; Juanito, el hijo de la Tomasa que era el alumno más revoltoso que tenía, le había amargado toda la mañana y a pesar de haberle dado varios capones en la cabeza y castigado en cruz de cara a la pared ya no pudo controlar al resto de los alumnos que habían imitado a su compañero de aula.

                Por fin apuró la copa de aguardiente, cerró el periódico, se levantó y dirigiéndose a la barra golpeó ésta con el canto de una moneda de cinco pesetas para advertir a la Julia que le cobrase.

-¿Qué…ya de regreso, Don Gaspar?

-Pues sí Julia, ya es hora de llegar a casa y olvidarme del día que me han dado esos diablos; sobre todo el puñetero Juanito, no hay quien lo meta en cuerda derecha.

-¡Bueno Don Gaspar, si es un niño! ¿Qué quiere Usted? Si tenían que estar por ahí jugando y se pasan el día encerrados.

-Ya pero tienen que aprender lo máximo posible ya que el mundo es cada vez más complicado y les van a exigir mucho. Bueno Julia, lo dicho, hasta mañana. 

-Hasta Mañana D. Gaspar y conduzca con cuidado.

-Venga, nos vemos mañana, gracias.

                D. Gaspar caminó hasta su viejo seat 600 que siempre dejaba aparcado cerca de la escuela. Le costó varios minutos arrancarlo; quizás porque el pobre ya llevaba varios miles de kilómetros recorridos con sus ruedas.

                El trayecto por la carretera que cruzaba íntegramente el Puerto de Santa Clara se le volvía monótono; siempre el mismo paisaje anodino que no le aportaba nada, como le sucedía con su aburrido trabajo. Su conducción se fue relajando mientras su mente se evadía con pensamientos gratificantes para él; era la parte del día que más le gustaba, perderse en historias alucinantes que le permitían ser y estar donde le apeteciese.

                De repente a la salida de una de las curvas de esa carretera apareció ante él la silueta de un animal, justo en medio del pavimento. Instintivamente pisó a fondo el pedal del freno, el coche se detuvo bruscamente; mientras un rugido ensordecedor espantó a los pájaros que se encontraban en las copas de los árboles. Don Gaspar se quedó gélido al observar delante de su vehículo lo que él creía que era una leona, no se atrevió a apearse del auto; aunque inconscientemente cerró la ventanilla del mismo. El animal rápidamente abandonó la carretera y se internó en la frondosidad del bosque.

                Al instante Don Gaspar arrancó de nuevo el vehículo, esta vez lo consiguió al primer intento, y pisando a fondo el acelerador emprendió una rápida huida; aquello que acababa de ver era una magnífica y esbelta leona en plena Sierra de Gata. ¿Quién había podido traer a ese animal hasta allí?, ¿cómo podía andar suelto un animal tan peligroso por aquellas tierras? Las preguntas le  bloqueaban, no era capaz de pensar; sin darse cuenta al cabo de una media hora se encontraba frente a las puertas del Cuartel de la Guardia Civil de Hoyos, el subconsciente le había llevado hasta allí para denunciar el asombroso encontronazo.

                La noticia rápidamente corrió como la pólvora por los pueblos de la Comarca. En los días siguientes las partidas de voluntarios para dar caza a tan exótico animal se convirtieron en multitudinarias; surgiendo versiones para todos los gustos: que si se había escapado de un circo, que si era el animal de compañía de un veterano portugués de la guerra de Angola, etc, etc. aunque al final se confirmó que lo que vio el excelso maestro Don Gaspar no fue ni más, ni menos que un perro de grandes dimensiones.

 Relato basado en la noticia publicada en el diario ABC el 25 de junio de 1969

Autor: CHUCHI del Azevo

Noviembre de 2012 


lunes, 26 de diciembre de 2016

DE ILUMINADOS, EREMITAS, SANTOS Y ASCETAS (II)




            En la falda de la sierra más occidental de Extremadura, Jálama, existió hace muchos años una Ermita, la Ermita de San Casiano, rodeada por un frondoso bosque y de majestuosas rocas que formaban intrincadas cuevas. Vivía en dicha ermita Martín un buen anciano, que según contaban los que lo conocieron perteneció a distinguida y recia familia cacereña.
Es curiosa la historia de Martín el ermitaño y además de interesante, provechosa a los lectores. Voy a contarla: los padres de Martín tuvieron dos hijos, el nombrado y José.
Martín y José eran genios muy opuestos. Mientras el carácter del primero era díscolo, atrevido, temerario, el de José se distinguía por su obediencia y sencillez.
Ocurrió un día que Martín, desoyendo los consejos de sus padres,  propuso a su hermano que le acompañase a una cacería.
José le advirtió, una y más veces, que no era procedente tal propósito por desconocer ambos el manejo de las armas de fuego.
No debió convencerse Martín y cuando llegó la puesta de sol salieron los dos hermanos provistos de flamantes escopetas y otros efectos necesarios.
Internáronse en un espeso monte. Eligieron dos sitios de aguardo, por donde, según Martín, debían pasar algunos Corzos.
En actitud expectante estuvieron los dos hermanos poco más de media hora, cuando, el ruido de pasos, hízole suponer a Martín que se acercaba alguna pieza. No se engañaba. Dos hermosos ciervos miraban a poca distancia de él.
Martín montó precipitadamente la escopeta, sonó un disparo al poco rato, se oyó un ¡ay…! Lastimoso producido por una leñadora. La bala había atravesado un brazo a la pobre mujer, cuya presencia pasó inadvertida para Martín en el momento crítico del disparo.
Poco tiempo después Martín prometía ante un cuadro de la Virgen una penitencia como expiación del delito que su imprudencia le hizo cometer.
Transcurrió mucho tiempo desde aquél suceso. Martín se convirtió en ermitaño de San Casiano. Se mantenía de las limosnas que recogía en los pueblos inmediatos; si bien en algunos eran muchos los que especulaban con la gran fortuna que poseía.
En una desapacible tarde de invierno. Una imponente tormenta se formó en el espacio. Martín, entre rayos luminosos y rugientes truenos, se  postró de rodillas ante un crucifijo, que pendía en las paredes de una cueva próxima a la Ermita y cuando fue a levantarse cuatro manos hercúleas le sujetaron por el cuello.
El ermitaño incorporose como pudo y se encontró frente a frente de dos hombres que le dijeron: venimos por tu fortuna o por tu vida. Mi fortuna- contestó el anciano- la tengo despreciada hace muchos años, y mi vida le pertenece a Dios.
¡No mientas! -dijo uno de aquellos hombres.Venimos por tu tesoro y si nos lo niegas morirás sin remedio.
Pasaron algunos segundos de silencio, interrumpido por Martín, que con sonrisa de mártir exclamó: ¡pues bien señores, salid de esta cueva y os enseñaré el lugar en el que guardo mi tesoro!
-¿Conocéis el corpulento árbol llamado Matusalem, que hay al terminar el puente de los gitanos?
-Sí -afirmaron los facinerosos.
-Pues meted la mano en el hueco que hay en dicho árbol y encontraréis el tesoro que tengo.
-Si nos engañas -se atrevió a decir uno de aquellos hombres- pagarás con tu vida.
-Os juro que no -replicó Martín.
Los bandidos tomaron la dirección que el Ermitaño les había indicado. La tormenta se encontraba en su clímax; aun así los facinerosos marcharon a toda prisa. Al llegar al puente, que les había indicado Martín, los truenos y relámpagos se sucedían cada vez con mayor frecuencia, y la lluvia se tornó en un caudal torrencial que arrastraba cuanto encontraba a su paso.
Al día siguiente el ermitaño se dirigió al árbol Matusalem, estuche de su tesoro. ¡Gran sorpresa recibió el pobre viejo!
Al pie del árbol había dos cadáveres carbonizados por una chispa eléctrica. Postrose de rodillas Martín, rezó por ellos.Y metiendo después la mano por el hueco del árbol Matusalem, sacó un libro con tono de pergamino en cuyas tapas se leía
Tesoro del Alma


Relato basado en el escrito del Párroco Sousa Bustillo Jálama y su Comarca

Autor: CHUCHI del Azevo
Marzo de 2012

DE ILUMINADOS, EREMITAS, SANTOS Y ASCETAS I




Ya estaba casi todo, lo poco que tenían, guardado en las banastas de corteza de castaño que adquirieron el día anterior en San Martín de los Vinos; cuando alguien llamó a la puerta del Convento de Santiago. Fray José de Gallegos, se levantó y sin dudarlo abrió la puerta. Ante él se encontraban el representante de los vecinos del Azebo, junto a un nutrido grupo de vecinos de esa población; que se habían desplazado hasta Cerro Moncalvo, para ayudar a los monjes franciscanos a su traslado, hasta la nueva sede del Convento de Santiago en esa humilde población de Sierra de Gata.
Aunque la noche se les había echado encima, y ese mes de noviembre de 1595 era de los más fríos de los últimos años, la comitiva emprendió la marcha en el preciso instante en el que Fray Nicasio, el monje más veterano del Convento, trancó para siempre la puerta. Entrada que tantas veces había franqueado desde que llegó a ese humilde cenobio.
A la cabeza de la procesión se situaron los monjes, que portando un gran crucero y luminosas antorchas, iban guiando por intrincados senderos al resto de los miembros del acompañamiento.
Cuando se encontraban a mitad de camino, por el cerro de la Atalaya, un intenso vendaval, junto a una espesa niebla se apoderó del grupo; y todos ellos, temiendo que las antorchas se apagasen por los vientos ciclónicos, se apresuraron a proteger las llamas de las mismas para no quedarse a oscuras en medio del monte.
Cada vez les era más difícil avanzar y algunos empezaron a especular con la idea de abandonar la tarea del traslado conventual; pero en ese preciso instante uno de los monjes, Fray José de Gallegos, comenzó a tararear el Bíblico Salmo 50, el popularmente conocido Miserere:

Miserere mei, Deus,/secundum magnam misericordiam tuam./Et secundum multitudinem miserationum tuarum,/dele iniquitatem meam./Amplius lava me ab iniquitate mea:/et a peccato meo munda me./Quoniam iniquitatem meam ego cognosco:/et peccatum meum contra me est semper…… 

Inmediatamente todos los asistentes le secundaron y como si de un milagro se tratase las llamas de las antorchas no se vieron afectadas por los vivos vientos serranos.
Así continuaron un largo trecho, hasta que por fin llegaron a la antigua Ermita de San Sebastián, que se encontraba a unos escasos cien metros del casco urbano del Azebo. Ese terreno era el que los vecinos de esa localidad les habían regalado a los monjes franciscanos para que refundasen su nuevo Convento de Santiago.
Entre los asistentes llamó la atención lo acaecido y todos estuvieron convencidos de que habían asistido a un milagro. Decidiendo entre ellos,  desde aquél día, que el Miserere sería su canto procesional obligatorio en sus ritos religiosos. 


Autor: CHUCHI del Azevo
Marzo de 2012